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El colombiano Chaves pierde 25 min. en las colinas de Umbria y abandona la lucha para ganar el Giro

La lógica del Giro pedalea indiferente bajo las nubes oscuras, a veces lluvia, por la Italia antigua. Chris Froome, con cara de satisfacción pues ha demostrado que el Giro le importa, y lo ha peleado, se pone el chubasquero en cuanto le caen tres gotas. Simon Yates, el líder de rosa, se come un plátano. Bromea con los privilegiados que han sobrevivido. Observa de lejos a un ciclista salvaje de clase primitiva y solo 23 años, un caballo loco, Matej Mohoric, ganar la etapa loca, como el ciclismo exige. En los coches, bien cerradas las ventanas, los directores meditan fríos y musitan. El Giro es otro. Esteban Chaves, el escalador feliz que marchaba segundo en la general y a todos preocupaba, ya no cuenta.

Las teles terminan su conexión antes de que cruce la meta. Los técnicos ya están desmontando el tinglado cuando lo hace, 25m 25s después de Mohoric, quien ya ha terminado la conferencia de prensa del ganador con la huella del carmín encendido de los labios de las azafatas en sus mejillas coloradotas.

El equipo de Chaves, el Mitchelton, el mismo que el de Yates, su expareja ya, el amigo que le regaló la etapa del Etna, ha perdido capacidad estratégica pero ha ganado claridad. Su líder es uno y solo uno. Todo el poder para Yates, a quienes todos miran con la boca abierta. Todo el peso de la carrera, que responde al desafío con brillantez, ganándole un sprint por 3s de bonificación a Thibaut Pinot, el tercer clasificado, que le desafía a todas horas.

El calvario personal de Chaves, descolgado y perdido en las laderas de los Abruzos y en las colinas de la Umbria infinita, donde el Tíber es aún joven, hermosas de ver, duras de vivir, una tortura en bicicleta los días duros, eternos, combatidos, no les preocupa. La crueldad es habitual. Ay de los vencidos. Ay, qué pesados los que le recordarán a Chaves y su sonrisa todos los días de su vida que las jornadas de descanso son traicioneras, que nunca se sabe cómo responde el cuerpo, que hay que estar atentos, que el ciclismo no perdona, que esto te sirva de experiencia… Tanto sabio y tan poca compasión. Nada hay peor que lograr que todos los demás rivales se unan para hundirle a uno.

Es la etapa más larga del Giro. 244 kilómetros. Desde Penne, entre el Gran Sasso y Pescara, donde aún huele a mar, la etapa trepa nada más comenzar el Fonte de la Creta, un puerto de segunda duro, y en cuanto el pelotón acelera, el bloque se parte en dos, en tres trozos. En uno de ellos, junto a tantas víctimas de la fatiga inclemente de un Giro de desgaste, etapas larguísimas, traslados, mucha carretera y muy poco sueño, se queda Chaves. Cortado. No puede seguir el ritmo de los de delante, acelerado, frenético, animado por el Jumbo de Bennet, el Groupama de Pinot y, sobre todo, el Sky de Froome, en demostración de que pese a todos los avatares sufridos no ha renunciado a ganarlo todo.

“Chaves sufre alergias. Aquí hay mucho árbol”, inventa, piadoso, su director, Matt White, quien le deja a cuatro compañeros para intentar el reintegro imposible. Y durante kilómetros y kilómetros la empresa parece alcanzable. La diferencia no llega a los dos minutos y atrás trabajan con Chaves y sus compañeros otros equipos con líderes retrasados. Una falsa ilusión, como todos saben. Lo saben porque todos lo han sufrido. Chaves no ha inventado nada. “Si no enlazan enseguida, llegará, inevitable, un momento en el que los de detrás cedan, pierdan la ilusión, no vean el objetico a mano, y entonces todo habrá acabado”, sentencia entonces Eusebio Unzue, el jefe del Movistar de Richard Carapaz, ya quinto, un veterano de más de 30 años en el ciclismo que puede recordar historias de sufrimiento parecido para sus líderes (Zülle en el Pasaje del Gois del Tour 99; Valverde en los abanicos de trigales del Tour del 13...) y, a la inversa, días, como el de Nairo en Formigal de la Vuelta del 16 y Froome y su Sky de rodillas. “Es impepinable”.

El País 16/05/2018

 
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